5 de noviembre de 2011

LA NOCHE QUE TODO CAMBIÓ

Si hay un momento en mi vida que marcó un antes y un después en mi afición al fútbol, se produjo hoy hace justamente 25 años. Ese 5 de Noviembre de 1986, yo era un chaval que jugaba al fútbol con los amigos, en mi pueblo, Casalarreina, cada día después de salir del colegio. Cualquier sitio era bueno para jugar a ser Maradona, Arconada, Zico, o Lineker, que era el hombre del momento. De muy pequeño, jugábamos unos partidos organizadamente desorganizados en el cruce de la calle Alta con la calle Baja (en los pueblos las calles se llaman así), entre dos portones que distaban entre sí apenas veinticinco metros. En esos veinticinco por apenas diez, éramos capaces de jugar un doce contra doce, y mezclarnos chavales de ocho años con mocetes de casi quince. A mi solían colocarme de portero, y mi miedo no era a los balonazos de Jaime o de Javi Gil, que eran dos tíos como castillos. Le daban a la pelota que la descosían. Mi miedo sin embargo no era hacia ellos, sino al dueño del portón que defendía de sus trallazos. Un portón de madera, de tres por tres, que hacía un ruido ensordecedor cada vez que yo era incapaz de evitar el gol, y la pelota rebotaba sobre él con estrépito. El dueño de aquel portón, Félix, aparecía cada día cuando menos lo esperabas, y en aquel momento el partido terminaba súbitamente, sálvese quien pueda, cada uno corriendo hacia donde la calle se le abría. Yo tenía la suerte de vivir a apenas cien metros, y a no ser que Félix me atacase por la retaguardia, para cuando llegaba a su portón yo estaba ya al amparo de mi abuela, que siempre me decía “Ya habéis preparado alguna…”. En aquel “campo” había otro peligro. Se llamaba Rosa, y vivía en la segunda planta de la casona que había entre los dos portones. A Rosa le molestábamos mucho, o eso decía, y su habilidad para desterrarnos de allí consistía en intentar aguarnos la fiesta, literalmente. Salía a la ventana con una palangana llena de agua, y cuando alguno pasábamos por debajo, probaba a hacer blanco. Menos mal que siempre había alguno (sobre todo el portero del equipo que atacaba) que mirábamos el juego con un ojo, y con el otro vigilábamos la inminente aparición de Rosa en su ventana, cargada con su arma líquida. Tantos impedimentos hicieron que optásemos por cambiar de campo, y nos trasladamos a campa de “Las Oes”, con césped natural (hierbajos en realidad) que, sobre todo para quienes jugábamos en la posición de portero era un alivio, pues al menos nuestras “palomitas” terminaban su acrobático vuelo en un terreno más o menos mullido. Además, y como había sitio de sobra, pudimos delimitar el campo de juego, que ya no era tan trapezoide como el del cruce de las calles Alta y Baja. Haciendo pequeños surcos en el suelo de tierra, conseguimos crear un espacio más o menos cuadrangular. Más o menos, digo. Qué desilusión nos causó, apenas dos años después, que a aquella campa llegase antes que a ningún sitio de nuestro pueblo el “boom” del ladrillo, y nos plantasen un chalet unifamiliar justo en medio y mitad de lo que era una de las áreas de penalti por donde corrían nuestros sueños. Eso ocurrió después, pero también había días que la campa estaba húmeda por la lluvia o el hielo, y nos trasladábamos a la calle Crucero, apenas a veinte metros de los portones de Félix y de los cubos de agua de Rosa, pero a salvo de ambos, donde el padre de Toño Llerena tenía su carpintería. Allí no había suelo mullido como en “Las Oes”, pero íbamos al suelo con la misma alegría, para desdicha de nuestros pantalones, y de nuestras sufridas madres que después tenían que remendarlos. Tanto en un caso como en otro, las porterías eran a la antigua usanza, es decir, dos jerseys puestos en el suelo, con una distancia entre ellos que siempre medíamos escrupulosamente en pies, no fuese que una portería tuviese diez centímetros más que la otra, con la ventaja que aquello suponía. Allí no había portones, bueno sí, los de la carpintería, con unos ventanucos de cristal que digo yo, cómo habrán librado durante todo aquel tiempo sin ser arrasados por los balonazos perdidos. La clave creo que estaba en la pelota. Una pelota, propiedad de Toño Llerena, que en realidad no era de fútbol, sino de vóley. Mucho más blanda que las de fútbol, aquella pelota fue nuestra compañera de infancia, y aún hoy la recuerdo con cariño. Supongo que Toño no la conservará, pero si así fuera, me gustaría un día volver a tocarla, y darle un abrazo de viejo amigo.
Eran tiempos felices, sin otra preocupación que no fuese mirar al cielo y rezar para que la lluvia no nos impidiese jugar el partido de cada tarde. En “Las Oes”, en los portones, o en la carpintería de Llerena, nuestro mundo era ese, y ahí fue donde me entró el gusto por lo que hoy es parte de mi forma de vida, el fútbol.
Pero el 5 de Noviembre de 1986 todo iba a cobrar otra dimensión. Yo siempre fui madridista, primero por mi mamá, que lo fue muchos años antes que yo, y también porque en aquel tiempo el Real Madrid lo ganaba casi todo. Sin embargo apenas seguía la actualidad del equipo, y apenas conocía a sus jugadores, a no ser por los álbumes de cromos que tanta vidilla nos daban a finales de cada verano. Claro que, la cobertura mediática del fútbol no era hace veinticinco años ni una cuarta parte de lo que es hoy. Había telediarios en los que no había ni una sola noticia de fútbol, y el único programa especializado era “Estudio Estadio”, los domingos por la noche, que daba los resúmenes de la jornada de Liga, y que yo veía de manera clandestina, una vez se habían ido todos a la cama. Empezaba a las diez de la noche, y solía durar una hora. Mi abuela me pilló desde el primer día, pero se hizo la sueca, y al final ya ni se lo ocultaba. Aquella vieja “Telefunken”, en blanco y negro, con sólo tres botones, (On/Off, UHF y VHF) y dos ruletas (la del dial para buscar canales y la del volumen), y por supuesto sin mando a distancia, pero tan grande que ocupaba medio comedor, y ocupó también la mitad de mi infancia, me inyectó en vena, a través de mis ojos, la pasión por el fútbol, siempre que daban el “Estudio Estadio”, o el partido semanal de Liga los sábados a las ocho de la tarde. No había más fútbol en la tele.
Tan pobre era la cobertura mediática de la época, que aquel partido del 5 de Noviembre de 1986, un Juventus – Real Madrid, de octavos de final de la Copa de Europa, no fue televisado para España. Yo sabía que el Madrid tenía que ganar, empatar, o al menos perder por un solo gol, si quería seguir en la Copa de Europa. Había ganado 1-0 en el partido de ida, en el Bernabéu. Pero Antonio Cabrini hizo el 1-0 para la Juve en el Comunale de Turín ya en el minuto 8, y la eliminatoria estaba igualada. Aquella noche, pegado a la radio, viví el fútbol dentro de mí. La emoción del resultado, la incertidumbre de saberse eliminado en cualquier momento, la esperanza de que Hugo, el Buitre, Valdano… alguno, hiciese un gol y diese a mi equipo el pase de eliminatoria. Pero nada de eso ocurría, y yo seguía pegado a la narración de Gaspar Rosety para Antena 3 Radio (qué voz la de ese hombre, cómo cantaba los goles). A falta de unos minutos para el final, el corazón me dio un vuelco, y estuve a punto de apagar la radio para evitar aquel calvario. Michel Platini tuvo una ocasión tremenda para hacer el 2-0 que hubiese sido definitivo, pero el héroe de la noche empezó a ganarse la gloria. Paco Buyo sacó un balón increíble (o eso dijo a grito pelado Gaspar Rosety, que creo que acumulaba la tensión de los millones de madridistas que le estábamos escuchando) y evitó la eliminación por vez primera. Pasaron los minutos, las horas, y aquello parecía que nunca iba a terminar… y lo que es peor, parecía que si terminaba, lo haría mal. Y llegamos al acto final, que decidiría cual de los dos equipos se mantendría en la lucha por la Copa de Europa, y cual se iría a casa hasta el próximo año… si ganaba la Liga de su país, claro, porque entonces no valía ser segundo o tercero en tu país para ser al año siguiente el mejor de Europa. Entonces había que ser el mejor en tu país para después optar a serlo del continente.
El Madrid se jugaba aquello, y la Juventus también. Y Rosety empezó a narrar la tanda de penaltis. Hugo Sánchez lanzaría el primero. No recuerdo haber visto a Hugo fallar un penalti, pero sí recuerdo haberlo escuchado, de voz de Rosety, en el Comunale de Turín. Stefano Tacconi le paró el primer lanzamiento. El Juventino Brío avanzó hacia la pelota (o eso imaginaba yo en la voz del locutor)… y ¡Buyo detuvo la pelota! El siguiente lanzamiento sería para Emilio Butragueño, que no falló, como tampoco falló Vignola, de la Juve, para dejar de nuevo el marcador igualado. Buyo adivinó y llegó a tocar la pelota, pero no pudo evitar que entrase en la portería. Valdano hizo el 1-2, y Manfredonia se dispuso a igualar de nuevo, pero enfrente tenía un gigante de apenas 179 centímetros, llegado desde Coruña para impactar en mí de forma tan notable que desde aquel preciso momento pasó a ser la persona que más he admirado, a la que en alguna ocasión quise parecerme, y a la que después perdoné todos los errores que sin duda cometió, sólo por aquella noche mágica, en la que me resultó invencible, superior a todo y a todos. Paco Buyo paró el penalti del italiano, y estábamos más cerca de la victoria. Juanito tenía que marcar para seguir con ventaja, y el genio de Fuengirola, todo arte él, le hizo a Tacconi un gol “a lo Panenka”, pero de una forma un poco rara, según dijo Rosety. El caso era que si Favero, el italiano encargado de lanzar el siguiente penalti, no era capaz de batir a Buyo, el Madrid eliminaba a la Juventus. Y Favero, que había visto a Buyo detener dos lanzamientos y adivinar un tercero, incluso desviarlo ligeramente, y consciente de que aquel gigante de sólo 179 centímetros tapaba la portería casi por completo, quiso esquinar tanto la pelota, tanto tantísimo, que la mandó fuera por mucho, muchísimo. Yo no lo vi en directo, pero por la narración del locutor imaginé que la pelota debió de pasar los Alpes, y llegar casi a la frontera con Francia. ¡Fueraaaaaaaaaaaaaaa, Favero fueraaaaaaaaaaaaaaaa, el Madrid clasificado para cuartos de finaaaaaaal! Eran los gritos radiofónicos de un emocionado Gaspar Rosety, que soltó la tensión acumulada durante dos largas horas, y con él lo hicimos el resto de madridistas que heroicamente aguantamos hasta el final aquel sufrimiento. Por encima de todos los héroes, que lo fuimos aquella noche, uno sólo, Francisco Buyo, el hombre que cambió mi manera de vivir el fútbol, y me demostró que no hay que temer a nada, sólo a la falta de confianza en uno mismo.
Pude ver al día siguiente, en el telediario, las imágenes del partido, de la tanda de penaltis, y de las lágrimas al final de José Antonio Camacho, de Butragueño, de Míchel y de Chendo. Y el penalti de Favero, que no había mandado el balón a Francia, como yo había imaginado, porque  apenas sí lo sacó del terreno de juego. Tal era su desconfianza, teniendo a Paco Buyo delante, que pude comprobar cómo le temblaban ligeramente las piernas, y su cara de preocupación, tocándose continuamente el bigote, parecía decir: “Como vaya a puerta, me lo para”. El loco de Betanzos le había parado el penalti, antes incluso de su lanzamiento.

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