De la eliminatoria copera apenas quedaban sobrevivientes en
uno y otro bando ocho años después. En el Madrid, resistían José Antonio
Camacho y Carlos Santillana, en el ocaso de sus carreras. El primero, aún
seguía siendo pieza importante en la zaga blanca que completaba junto a Chendo,
Tendillo y Sanchís, aunque esa sería su penúltima temporada en el equipo.
Santillana, por su parte, había decidido colgar las botas al final de ese
ejercicio 1987/88, después de diecisiete años en el Bernabéu. En el Logroñés sólo quedaba, después de ocho
campañas, el incombustible Lotina, al que con treinta y un años aún se le
auguraban varios más en la élite, pero que, debido a que no contó con ninguna
confianza por parte de Chuchi Aranguren, que no le dio un minuto en toda la
temporada, decidió seguir los pasos de Charli Santillana, y retirarse como
futbolista ese mismo año. Triste despedida para un icono del club, que no tuvo
la ocasión de decir adiós a su parroquia vestido de corto.
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Gol de Linskens en el Bernabéu |
Venía el Madrid de complicarse la vida en la ida de
semifinales en el Bernabéu, contra el PSV Eindhoven. Un empate a un gol, en un
partido muy gris, que dejaba todo abierto para la vuelta en Holanda. Hugo
Sánchez había hecho el 1-0 de penalti, nada más empezar el partido. Pero un tal
Edward Linskens, cuya gloria empezó y terminó aquella misma tarde, y del que poco
más se supo después, pasó a la Historia del club de la multinacional electrónica
(PSV es Philips Sport Vereniging, o sea, Asociación Deportiva Philips) al hacer
un gol inverosímil, de esos que cuesta creer que terminen subiendo al marcador,
no por su belleza ni su potencia, sino por lo extraño y estrambótico de su
consecución. Paco Buyo, otro de mis ídolos, contribuyó al momento de inmortalidad
de Linskens, haciendo lo más difícil, que era levantar las piernas cuando el
balón venía directamente a ellas, a una velocidad no mayor que la que hubiese
podido imprimirle un niño de diez años. El resto de la película fue simple y
dolorosa. Tan simple, que no hubo más goles ni en ese partido ni en el de
vuelta jugado en el Philips Stadion de Eindhoven. Y tan dolorosa, que el mejor
Madrid de las dos últimas décadas se quedaba fuera de la final de la Copa de
Europa. Ocuparía su lugar un equipo, el holandés, que terminaría ganando la
competición, con otro 0-0 contra el Benfica. Los penaltis le darían su primer y
hasta ahora único máximo trofeo europeo. Su entrenador era Guus Hiddink, que
diez años después dirigiría al Madrid, y sus principales figuras Van Breukelen,
Gerets, Koeman, Lerby, Vanenburg o Wim
Kieft. Pero lo de Eindhoven sucedió el 20 de Abril, diez días después del
partido contra el Logroñés.
10 de Abril de 1988, Estadio Santiago Bernabéu. Cinco de la
tarde, hora taurina y, durante muchísimos años, también futbolera. Porque
antes, cuando no había televisiones de pago, la jornada de Primera se jugaba,
mayormente, el Domingo a las cinco de la tarde. A excepción del partido que TVE
emitía los Sábados, a las ocho de la tarde, y de los que pudiesen adelantarse a
ese mismo día por estar implicados equipos participantes en competiciones
europeas. No había partidos a las siete, a las nueve, ni por supuesto a las
diez de la noche, ni el Sábado, ni el Domingo. Plantearse lo de jugar un
partido el Lunes hubiese sido más una cosa de locos, o de ciencia ficción. O de
ambas. En ese sentido, aquel tiempo pasado sí fue mejor. Hoy mandan las
televisiones, o sea, el dinero, como todo en la vida, y así nos tienen.
Saltaba el líder, el Madrid, al césped del Bernabéu con la
idea de sumar dos puntos más que le acercasen a su tercer título de Liga
consecutivo. Quedaban seis partidos por jugarse, y la Real Sociedad, segunda
clasificada, marchaba a ocho puntos. Qué gran equipo aquel dirigido por
Toshack, con Arconada, López Rekarte, Larrañaga, Bakero, Txiki, Górriz, Zamora,
Loren… Subcampeón de Liga y Copa. A trece estaba ya el Atlético, tercero, y
para ver cómo ha cambiado el cuento, sólo reseñar que el Barcelona era noveno,
a veintidós puntos del Real Madrid, mucho más cerca del descenso a Segunda, a
sólo seis puntos. Por entonces, la victoria otorgaba dos puntos, no tres como
ahora. El Logroñés estaba en decimosexta posición, dos por encima del descenso,
con veintiséis puntos, justo la mitad de los de su rival de aquella tarde.
El partido hubiese sido uno más de los muchos que Real
Madrid y Logroñés han jugado a lo largo de sus años en Primera División. Ganó
el Madrid, como cabía esperar antes del pitido inicial, lo que tampoco hizo el
choque nada diferente a casi todos los que enfrentaron a blancos y
blanquirrojos en Chamartín. El Logroñés sólo consiguió tres empates en sus diez
visitas al Bernabéu, nueve en Liga y una en Copa. Hubiese sido, en definitiva,
un partido más, dos puntos más para el Madrid en su carrera por el título, y
una semana de sufrimiento menos para el Logroñés, boqueando con esfuerzo para
respirar en las peligrosas aguas del descenso. Pero en el minuto nueve sucedió
algo que cambió para siempre el empaque de este partido, y le dio el lustre de
la Historia, la pincelada que lo distinguió como uno de los momentos más
memorables que ha vivido el Estadio Santiago Bernabéu, y eso, con la
perspectiva que dan 66 años de fútbol del más alto nivel entre esas cuatro
paredes es decir, no mucho. Muchísimo.
Era la primera parte, y el Madrid atacaba la portería del
fondo norte, como manda la tradición. El Santiago Bernabéu aún no había
experimentado su gran cambio de principios de los 90, y el segundo anfiteatro
sujetaba la techumbre instalada seis años atrás, con motivo de la celebración
del Mundial de 1982. El sol todavía se colaba por encima de la visera de la tribuna
de Preferencia, y bañaba prácticamente todo el verde tapete del terreno de
juego. La remodelación posterior del estadio, con dos nuevos anfiteatros sobre
el ya existente, a su vez por encima de la grada baja, y los casi cincuenta
metros de altura que finalmente alcanzó el techo del coliseo, hacen hoy
imposible una visión como aquella, y existen zonas del césped que apenas ven la
luz solar.
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Momento en que Hugo Sánchez remata a gol |
Rafa Martín Vázquez había recibido el balón pegadito a la cal
de la banda izquierda. Rodeado por dos contrarios, decidió colgar el balón al
área donde, estaba seguro, rondaba ya Hugo preparando el peligro. Y allí estaba,
claro. También Butragueño. Y Sanchís, que por aquella época, con un
mediocampista más defensivo como el “Soso” Gallego cubriéndole las espaldas, se
dejaba ver más en el área rival. Pero Emilio y Manolo vieron pasar el balón por
encima de sus cabezas. Hugo, listo como no ha habido otro en ese tipo de
acciones de despiste, se había llevado a su marcador hasta casi meterle debajo
del larguero con el portero Pérez. Pero en el último instante, reculó dos
pasitos hacia atrás, suficientes para jugar el balón sin oponente, aunque no
tanto para controlarlo o intentar un remate de cara a la portería. Así que tiró
de recurso, el más habitual en él, el que dominó y ejecutó más y mejor que
nadie, la chilena, y dejó para siempre una de las estampas más bonitas que se
han dibujado jamás sobre un campo de fútbol. Todo sucedió así de rápido, y,
aparentemente, así de fácil. Una acción de apenas cinco segundos, que
permanecerá toda la eternidad en la memoria de quienes tuvimos la suerte de
vivirlo en directo. Mi suerte fue radiofónica. En mis tardes de niñez, los
Domingos por la tarde, la radio era mi mejor amiga, y a través de ella “veía”,
o imaginaba, que es mejor aún, lo que pasaba en diez campos de Primera, y otros
tantos de Segunda. Por supuesto, aquella noche esperé impaciente a que empezase
el tiempo de deportes en el Telediario, y después el Estudio Estadio de la
noche, pues a presenciar con mis ojos tal gesta incomparable, semejante
monumento al gol, según nos había narrado Gaspar Rosety desde el “SuperGarcía”
de Antena 3 Radio, no podía esperar más que lo estrictamente obligatorio. Los
días siguientes fueron un sin parar de elogios al mexicano, por parte de sus
compañeros, y también de sus rivales.
No fue un gol más de Hugo Sánchez. Fue “EL GOL” de Hugo
Sánchez. Un hombre que los metió de todos los colores y posturas. Goles que
dieron títulos, y otros que, como el que hizo esa tarde contra el Logroñés,
pasaron al Salón de la Fama no por su trascendencia, sino por hacer sentir a los
aficionados que el coste de la entrada que habían pagado, estaba ya amortizado
a los diez minutos de partido. Ha habido goles increíbles en la Historia del
fútbol español, y más aún en la del fútbol mundial. Muchísimos han sido más
decisivos que el de Hugo, y muchísimos también de una belleza comparable, o
superior. Pero el de Hugo siempre será inolvidable para los madridistas,
también por haberlo hecho un futbolista excepcional, muy querido por la afición
blanca en sus siete años en Chamartín.

Ha habido grandísimos delanteros en la Liga española. Podríamos
pasar horas mencionándolos, de todos los tamaños, colores, y en todos los equipos.
Hoy en día disfrutamos de dos monstruos, dos de los mejores futbolistas que
jamás han jugado en nuestro país, que rompen registros goleadores cada semana.
Messi y Ronaldo. Son diferentes entre sí, y también lo son con respecto a Hugo
Sánchez. Messi es la magia, la habilidad, la técnica… Cristiano es técnica
también, pero sobre todo potencia y velocidad. Hugo no fue excesivamente
técnico, ni tampoco excesivamente potente ni veloz. Pero se hinchó a meter
goles, aprovechando al máximo sus cualidades, en un fútbol también, por qué no
decirlo, más difícil e igualado. Las diferencias entre los equipos de hace
veinticinco años eran mínimas si las comparamos a las existentes hoy entre
Barcelona, Real Madrid y el resto de los equipos. Los campos de fútbol no
estaban tan cuidados como lo están en la actualidad, y la técnica no desequilibraba
tanto como ahora. Eran otros tiempos, otros métodos de trabajo, y otras
condiciones. Era otro fútbol, y no es comparable. Por eso para mí, por muchos y
geniales delanteros que he visto desfilar por nuestros campos, a los que hay
que reconocerles también todo su mérito, el delantero centro será siempre Hugo
Sánchez. Además, era el delantero de mi equipo, y sus goles los viví de una manera
muy especial.
Les comparto mi poema, inspirado en . . .
ResponderEliminarEL MAS LINDO GOL
¡Qué plasticidad, . . . no tienes piedad!
Con bella pirueta,
el mundo respeta.
el nueve de atleta
de una camiseta.
Tu cuerpo perfecto
y enorme talento,
le dieron al fútbol
el más lindo gol.
Recuerdo el partido,
el estadio lleno,
minuto noveno,
Madrid atacando.
Un balón por aire,
el centro correcto,
ese Martín Vázquez
sí tiene intelecto.
La diste la espalda
al arco enemigo,
pegaste gran salto,
alzaste los pies.
Dos metros y medio
arriba del pasto,
la defensa solo
se quedó mirando.
Con botín izquierdo
hiciste contacto,
hubo exactitud
en tiempo y espacio.
Vuelo del portero
inútil, por cierto,
la bola girando
se metió angulada.
“Huguiña”, . . . faena,
la gente asombrada,
que te ovacionaba,
pañuelos blancos sacaba.
Se gritó tu nombre,
¡torero!, ¡torero!,
diste otra maroma,
fue tu puño al cielo.
En medio del campo,
con las manos juntas,
inclinas cabeza,
muy agradecido.
Al fin del encuentro,
el arquero Pérez
y el silbante Brito,
también te elogiaron . . .
Aquel día diez,
de ese mes de abril,
de mil novecientos
del ochenta y ocho.
La figura de Hugo,
del rey, Hugo Sánchez,
quedó para siempre
plasmada en mí mente.
Allá, en Logroñés,
nunca lo olvidéis,
tú anotaste “Hugol”
¡todo un Señor Gol!
Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda
México, D. F., a 12 de noviembre del 2006
Reg. SEP Indautor No. 03-2007-082112003600-14