23 de enero de 2012

LA VOCACIÓN DEL UTILLERO


Siempre he dicho que, para llevar a cabo con éxito cualquier acción que te propongas, además de tener las condiciones y conocimientos adecuados, has de tener la vocación suficiente para ello. En otras palabras, saber lo que haces y cómo lo haces, y disfrutar con ello. 

El fútbol no es ninguna excepción, más bien todo lo contrario, y así, en mi caso, aunque tuve vocación de futbolista, me faltaron todas las cualidades técnicas para serlo. Jugué al fútbol, como casi todos los niños de mi generación, pero muy pronto supe que aquello no me llevaría demasiado lejos. No era bueno con mi pierna derecha, tampoco lo era con la izquierda, y con lo único que supe defenderme fue con mis manos, así que sin que nadie me lo insinuase, ya desde mis primeros partidos con los amigos me colocaba entre los dos jerseys que hacían de portería. Adquirí cierta técnica como portero, incluso llegaron a decirme que no lo hacía del todo mal, pero nunca me vi capacitado para intentar llegar a jugar de manera continuada. Una serie de tempranas lesiones en mis rodillas me hicieron retirarme del fútbol a la edad de diecinueve años, lo cual nunca sabré si fue una desgracia o un golpe de fortuna.

Porque a partir de ahí comencé a mirar el fútbol desde otras perspectivas. Lo intenté como entrenador en categorías inferiores, y he de reconocer que, hasta la edad de cadete, disfruté siempre que entrené a un equipo. Creo que, para el fútbol formativo, sí es posible que tuviese la destreza necesaria. No lo vi tan claro cuando me metí en un vestuario con jugadores que, en algunos casos, eran mayores que yo. En cuanto a los conocimientos, digamos mejor que un entrenador, sea de la categoría que sea, nunca debería dejar de aprender. Sabía cosas, y creo que los chicos que tuve durante esos años aprendieron algo conmigo, pero me quedé en la línea de salida, es verdad. Y me quedé porque vi pronto que me faltaba vocación para ser entrenador. Nunca me atrajeron las tácticas, la estrategia, ni tener que aguantar los corrillos de los vestuarios. Quizás porque soy una persona que me gusta estar a bien con todo el mundo, les caiga yo a ellos mejor o peor, nunca se me dio bien la gestión de grupos. Tampoco me estimulaba demasiado el hecho demostrado de que, cuando las cosas van mal en un equipo, la carga cae siempre sobre los hombros del entrenador, que además de la honra suele perder, casi de seguido, su puesto de trabajo. Pude haberme dedicado a ser entrenador de porteros, pero esa figura, no hace tantos años, era muy poco demandada por los equipos.


Y subí a la tercera planta. La de dirección y organización. Allí fui directivo de varios clubes de fútbol, haciendo varias tareas relacionadas, como coordinador o delegado de equipo. Casi por obligación, me convertí en presidente del club de fútbol de mi pueblo, Casalarreina, con un equipo en Regional Preferente. Fueron cuatro bonitos años en los que los resultados deportivos acompañaron, pudimos restaurar nuestro maltrecho campo de fútbol y dejamos una buena base consolidada para futuras temporadas. Incluso me metí en un buen fregado, con la idea de crear fútbol base bajo la tutela de mi club (pobre de mí), que no acabó bien porque nuestros vecinos de al lado así lo quisieron. Pero de eso hablaré otro día.

Fueron pasando los años. De vez en cuando me volvía a plantear iniciar el curso de entrenador, al menos para tener el nivel 1 y 2, pero mi recurrente falta de vocación siempre me hacía llegar tarde a las convocatorias. A través de la U.N.E.D. completé un curso de Dirección de Entidades Deportivas, que me ocupó durante casi dos años, y en el tercero llegué a obtener el título de Agente de jugadores RFEF (lo que antes llamaban Agente FIFA). Lo primero me sirvió en mi experiencia como directivo, y fue un dinero y un tiempo muy bien empleado. Lo de Agente fue una tontería más de las muchas que hacemos a lo largo de la vida. Ahí sí que vi casi al instante la falta de vocación, ya desde el mismo día del examen en Las Rozas, con Yola Berrocal en el pupitre de detrás del mío. Desconozco si llegó a copiarme las respuestas, pero me imagino que no, porque yo fui uno de los 29 candidatos (de 247 que fuimos ese día) que aprobaron el examen, y ella no superó la prueba. 


Tras un breve periodo de tiempo colaborando con un par de Agentes, dejé ese oscuro mundo para que les aproveche a quienes estén interesados en un negocio que no considero limpio. Y caí, después de un año sabático que necesitaba para volver a ilusionarme con el fútbol, en la Unión Deportiva Logroñés, donde fui como Delegado del equipo filial, en Tercera División. Gonzalo Santamaría, entrenador del equipo durante la primera mitad de la temporada, fue quien hizo posible mi llegada al club. Siempre se lo agradeceré.

Sabía lo que hacía, conocía todos los Reglamentos federativos casi de memoria, creo que tenía la destreza necesaria para tratar con rivales y árbitros y, lo más importante, disfrutaba con todo ello. Terminé la temporada doblando funciones, como Delegado del Tercera, y como Delegado de Campo en los partidos que el primer equipo, en 2ª División B, jugaba en Las Gaunas. Fue un buen año, empañado únicamente por la destitución de Gonzalo en el mes de Febrero, y por una recta final un tanto tenebrosa. Pero mereció la pena, por la cantidad de buenos amigos que hice en esos meses, y por la bonita experiencia vivida. 

Entrenamiento en Las Gaunas
Esta última temporada la inicié de nuevo como Delegado del filial, esta vez a las órdenes de David Ochoa. En apenas dos semanas el vínculo con los chavales y con todo el cuerpo técnico fue total, una maravilla de grupo. Todo iba rodado, volvía a disfrutar del fútbol, haciendo además lo que sé hacer, ayudar a que las cosas funcionen mejor. O intentarlo al menos. Me considero una herramienta más al servicio del equipo. Ellos, jugadores y entrenadores, son las piezas claves, pero necesitan de otros elementos que les faciliten su trabajo. Y ahí intento estar yo.

Por eso, cuando el Director Deportivo, José Ignacio, me propuso a finales de Octubre pasar a formar parte de la primera plantilla como utillero, no me lo pensé dos veces. Conviene aclarar que la palabra correcta es “utilero” (el encargado de los útiles de trabajo), pero así sólo nos conocen en Sudamérica. Aquí somos los utilleros, de toda la vida, aunque ahora nos digan “Encargados de Material”. 

Vestuario de Las Gaunas, 24 horas antes de un partido
Reconozco que soy un privilegiado por poder entrar cada mañana en el vestuario de mi equipo y preparar la ropa que van a utilizar los chicos durante el entrenamiento, poner a punto los balones y el resto de material, recordar que tengo que sacar agua para que se hidraten durante la sesión (a pesar de que algún día se me olvida por las prisas y me cuesta una carrera), ayudarles si lo necesitan con los tacos de sus botas, estar a las órdenes de los entrenadores para facilitarles todo el material que necesiten, ayudarles a poner conos, chinos, retirarlos, recoger balones, volver a poner lavadoras y lavadoras después de cada entrenamiento… 

En un vestuario hay mucha actividad
Ya qué voy a decir del día de partido. Son jornadas agotadoras, pero disfruto como un enano. Si los entrenamientos duran para mí cuatro horas más que para el resto del equipo (dos antes, y dos después), mis partidos empiezan muchas horas antes del pitido inicial, y terminan otras muchas después del final. Cuando jugamos en casa, me gusta dejar el vestuario preparado el día anterior, porque soy un tío al que no le van las improvisaciones. Si viajamos, intento dejar todo preparado de víspera, y un par de horas antes de salir en el autobús vuelvo a revisar todo. A cientos de kilómetros de distancia, no es conveniente dejarse nada olvidado en casa, aunque a veces (de momento a mí no, toco madera), también sucede. Y después de los partidos, otro tanto, porque juguemos en Las Gaunas o lo hagamos fuera, antes de irme a mi casa, aunque lleguemos a Logroño a la una de la madrugada, dejo toda la ropa que se ha utilizado en el partido lavando para que al día siguiente tenga tiempo de dejarla recogida. 

Albelda, en un día de nieve
Me siento, en definitiva, parte del grupo, y esa sensación hace que no eche de menos no haber sido futbolista o entrenador, porque, en realidad, me siento futbolista y entrenador todos los dias. Creo que tengo capacitación para llevar a cabo este trabajo. En realidad, creo que todo el que se lo propusiese sería capaz, porque el trabajo en sí no tiene nada de especial, lo haría un niño. Pero tratar cada día con veinticinco personas, que te demuestran un cariño y un respeto ilimitado en cada palabra que te dicen y en cada gesto que te dedican, te exige a dar lo mejor de ti, profesional y humanamente. En realidad, no estás dando nada que no te hayan dado antes ellos a tí.

Mi equipo entrena, yo ayudo a que entrene
Es la vocación del utillero, un trabajo que consiste en servir a los demás, en ayudar al futbolista a conseguir sus objetivos, poniendo a su servicio tu lado más altruista. Y eso, al final, te hace sentir bien contigo mismo, es una gozada. Somos una figura importante en un vestuario, no sólo por el servicio meramente técnico que prestamos a los jugadores y a los entrenadores, sino también por nuestro componente humano. A ti acuden los chicos cuando necesitan algo, eres su amigo, su confidente y su cómplice en muchas ocasiones. Te gastan bromas, se ríen de lo pato que puedes llegar a ser con un balón en los pies, y notas en ellos un tremendo respeto y un cariño desbordante, que compensan todos los esfuerzos y las horas de trabajo. No puedo negar que haber bajado de nuevo a los vestuarios me hace sentir feliz con lo que hago, y todo debo agradecérselo a ellos. Por ellos estoy ahí, y ellos son quienes me hacen sentir orgulloso de lo que hago. Y también, por supuesto, aunque esto no es necesario decirlo, mi familia, mi mujer y mis dos hijos, que son quienes soportan la parte mala de esta pasión mía. La parte que habla de las muchas horas fuera de casa, de las mañanas que salgo temprano cuando aún todos duermen, o de las noches que llego de un largo viaje, a las tantas de la madrugada, cuando ellos ya hace horas que están acostados. Como en la casa de cualquier utillero de un equipo de fútbol profesional.

21 de diciembre de 2011

LA MALDICIÓN COPERA DE LA REAL SOCIEDAD


Me ha llamado la atención un apunte que refleja el diario Marca, sobre la eliminatoria de Copa entre la Real Sociedad y el Granada, que el equipo donostiarra tiene prácticamente asegurada, después del 4-1 conseguido en Anoeta hace unos días. La nota dice que la Real lleva nada menos que ¡23 años! sin eliminar de la Copa del Rey a un equipo de Primera División. Es un dato que posiblemente conozcan bien los seguidores del equipo donostiarra, pero que para la inmensa mayoría de los aficionados pasará desapercibido.


La última vez fue en 1988, en semifinales, contra el Real Madrid. Recuerdo aquel partido perfectamente. Lo retransmitía ETB-1, y lo ví, claro, en la vieja Telefunken en blanco y negro, con todas las dificultades del mundo, porque la tele sólo tenía dos botones "UHF y VHF", y para cambiar de canal había que sintonizar el dial, como en las radios antiguas. Por si fuera poco, la narración era en euskera, con lo que apenas sí entendía los nombres de los jugadores y una palabra que me martilleó toda la noche: "gola". En la ida, en el viejo Atotxa, la Real Sociedad había ganado por 1-0, con gol de José Mari Bakero. Quince días después, en el Santiago Bernabéu, se decidiría el primer finalista de aquella edición de la Copa. El segundo saldría de la eliminatoria entre Osasuna y Barcelona, que se llevaría el equipo catalán, y posteriormente sería Campeón. En el partido jugado en Chamartín el 18 de Febrero de 1988, el Madrid de la Quinta del Buitre, que por entonces pasaba por ser posiblemente el mejor equipo de Europa, partía como favorito, y parecía posible que el 1-0 de Atotxa sería remontado por el equipo de Beenhakker. Un mes antes, en partido de Liga, el Madrid había derrotado por 1-0 a la Real, con un inolvidable gol de Butragueño, repetido después en televisión cientos de veces, que rebotó en los dos postes de la portería de Arconada, antes de alojarse en la red. No obstante, enfrente estaba la Real Sociedad, vigente Campeón de la Copa, en 1987, y que en Liga estaba completando una de las mejores actuaciones de los últimos años. Terminaría segunda, a once puntos del Real Madrid. El entrenador era John Benjamin Toshack, que cumplía su segunda temporada al frente del equipo txuri urdin. 

En una noche heladora, el Bernabéu se congeló con el juego de la Real Sociedad. Después de un gol de Butragueño anulado por Enríquez Negreira, fueron cayendo uno tras otro los goles de lado blanquiazul. Alberto Górriz hizo el primero, a los cincuenta y tres minutos, y apenas un cuarto de hora después, Bakero y Txiki Beguiristain ya habían puesto un cómodo 0-3 en el marcador, que sentenciaba la eliminatoria. De nuevo Bakero, a falta de veinte minutos para el final, hizo el 0-4, para redondear una actuación memorable. En la final, que se disputaría precisamente en el Bernabéu, esperaba ya el Barcelona, que se había deshecho sin dificultades por 3-0 de Osasuna en el Camp Nou. 

Alexanko bate a Arconada en la final de Copa de 1988
Ganaría la Copa el Barça, con un gol de Alexanko, en un momento especialmente incómodo para el club, después del “Motín del Hesperia”, que había supuesto una revolución dentro del vestuario azulgrana, poniendo a la plantilla en contra de la Junta Directiva por unos asuntos relacionados con las retenciones practicadas en los contratos de los futbolistas por los derechos de imagen. Luis Aragonés, entrenador por entonces del Barcelona, se posicionó de parte de los futbolistas, y la final de Copa sería uno de sus últimos partidos en la entidad culé. Como también lo fue en la Real Sociedad para tres futbolistas que habían sido la columna vertebral del exitoso equipo de Toshack: López Rekarte, Txiki Beguiristain y José Mari Bakero, que ese verano harían las maletas rumbo al Camp Nou, fichados por el recién llegado Johan Cruyff. Los cuatro terminaron haciendo Historia en Barcelona. 

Plantilla de la Real Sociedad 1981/82, Campeón de Liga
La salida de los tres jugadores, unido a la inminente retirada de otros mitos realistas, como Jesús Mari Zamora o Luis Miguel Arconada, y la despedida en las últimas temporadas de jugadores como López Ufarte o Satrústegui, anunciaban el adiós de una generación extraordinaria, que se había iniciado a principios de los 80, ganando dos Ligas (1981 y 1982) y había completado una inolvidable década, ganando la Copa del Rey en 1987, en La Romareda de Zaragoza contra el Atlético de Madrid, y siendo subcampeón en 1988, contra el Barça.


Pero a partir de aquel partido, la Real inició su particular maldición Copera, y así, en los últimos 23 años, no ha sido capaz de superar ni una sola eliminatoria contra un Primera División. Los datos son aún más demoledores comprobando que, en esos 23 años, sólo en dos ocasiones superó la barrera de los octavos de final. En la temporada 1989-90, llegó a cuartos, donde le eliminó el Barcelona. Y en la 1992-93, fue el Real Madrid quien le apeó, también en la misma eliminatoria. Curiosamente, en ambas ocasiones sus verdugos terminarían ganando la Copa. En el resto de ediciones, la Real sólo ha conseguido alcanzar los octavos de final en cuatro ocasiones, y en las demás cayó eliminada en las rondas preliminares. Ha caído ante Primeras, como Sporting, Logroñés, Sevilla, Betis, Atlético de Madrid, Osasuna o Zaragoza, pero también lo ha hecho contra equipos como Numancia (en la histórica temporada del equipo soriano en 1996, que estuvo a punto de eliminar al Barcelona), Beasain, Zamora o Mirandés. La temporada pasada se midió en dieciseisavos de final al Almería, en su último enfrentamiento contra un Primera. Tanto en Anoeta como en Almería, los andaluces ganaron, por 2-3 y 2-1. Fue el penúltimo capítulo de una extraña maldición que puede romperse esta noche, en el Estadio de Los Cármenes, si la Real Sociedad elimina al Granada. Si lo consigue, habrá puesto punto y final al gafe que le persigue desde aquella noche de 1988, cuando escribió en el Santiago Bernabéu una de las páginas más brillantes de su Historia.

25 de noviembre de 2011

ÁRBITROS = PERSONAS


Hace pocas semanas escribí acerca de la “deshumanización” en el fútbol, al hilo de las situaciones de estrés y depresión que sufren muchos futbolistas profesionales. El circo mediático en que se ha convertido el fútbol en las últimas décadas, y la cantidad de personajes que viven (muy bien) alrededor de él, elevan la exigencia de los actores principales hasta límites insoportables. Todo son intereses concretos, y los resultados de un club o la marcha de una competición concreta puede hacer ganar o perder sumas multimillonarias a los tragones que cada vez en más número pululan alrededor de unos futbolistas a quienes sólo utilizan como medio para conseguir sus objetivos. Su presión es altísima, hay muchos intereses en juego, sobre todo para quienes contratan y pagan los millonarios emolumentos que reciben los futbolistas a cambio de sacrificarse física y mentalmente. Dentro de este circo, están también, porque han de estar, los árbitros, con la diferencia de que estos no salen tan beneficiados, más bien todo lo contrario.

Babak Rafati
La pasada semana, un árbitro de la Liga alemana, Babak Rafati, intentó quitarse la vida en la habitación de un hotel, sólo unas horas antes de pitar un partido entre el Colonia y el Mainz. Rafati ha tenido el dudoso honor de ser elegido durante tres temporadas como “el peor árbitro de la Bundesliga”, en un sondeo que una revista especializada hace cada temporada entre los futbolistas de la Liga alemana. La encuesta tiene miga en sí, puesto que, se tome como se tome, no deja de ser un acto humillante para cualquier persona. Que te elijan el mejor en algo, hay quien lo lleva muy bien, y otros no tanto. Pero que te elijan el peor, no puede llevarlo bien nadie. Mejor harían en evitar este tipo de cosas, que lo único que puede dar lugar es a acciones como la que desgraciadamente protagonizó Rafati, harto de ser vejado por sus propios compañeros de profesión (todos, futbolistas, entrenadores, árbitros, etc. se dedican a lo mismo, por lo tanto, pueden considerarse compañeros de profesión). El árbitro ha declarado que intentó suicidarse por miedo a cometer errores, y por la presión de los medios de comunicación. Los árbitros son siempre sospechosos, y rara vez dejan contento a nadie. Se les tacha de vagos, de jetas, o de vendidos, cuando no salen a relucir sus madres. Qué pocas veces sospechamos del delantero que falla un gol cantado, del portero que tiene las manos de mantequilla, del medio que no da un pase a dos metros, o del entrenador que hace unos cambios inexplicables. ¿No podrían estar ellos también vendidos? Pues no. Ni unos, ni otros.

En demasiadas ocasiones utilizamos los tópicos de siempre con los árbitros, para intentar ser algo benévolos con ellos. Que si es imposible que puedan acertar en todo, que si con veinte repeticiones de televisión no nos ponemos de acuerdo, cómo van a hacerlo ellos en décimas de segundo, que si los jugadores no ayudan, que si la prensa les mete demasiada caña y apenas valora su trabajo cuando está bien hecho, que suele ser casi siempre, por otra parte…

Pero no hace falta darle demasiadas vueltas. Basta con volver a la visión más humana del fútbol, y pensar que los árbitros son personas, con su familia, sus hijos, sus padres, sus hermanos, sus amigos… Tienen su vida privada, llena de ilusiones y dificultades, como todos los demás. Su hipoteca, sus facturas de luz, de agua y de teléfono. Sus jornadas de trabajo, sus discusiones con sus parejas y sus vacaciones en el mar. Y sus días libres paseando con la familia, visitando a los familiares y amigos del pueblo donde pasaron su infancia, y sus partidas de mus. Personas, como el resto, que se equivocan, como todo el mundo. Faltaría más. Y el hecho de ser árbitros profesionales no les exime de lo más elemental y más primitivo del ser humano: el error. 

Anders Frisk, agredido en Roma en 2004
Tan sencillo como eso. Los árbitros se equivocan, porque son personas, no máquinas. Y, salvo excepciones, que las hay y seguirá habiendo, se equivocan con honestidad, unas veces porque no lo vieron, y otras porque les pareció lo que no era. Tenemos que empezar a verles de esa manera, y proteger y valorar su trabajo, porque sin árbitros no hay fútbol. Alguien tiene que dar el pitido inicial en cada partido. Sin ese pitido, el partido nunca empezará. Unas veces sus errores nos perjudicarán, y otras quizás nos beneficien. Pero tenemos que verles como lo que son, una parte más del juego, y unos compañeros de profesión. Ellos aman al fútbol tanto o más como los propios jugadores, entrenadores o profesionales de este deporte. Su sacrificio de cada semana así lo demuestra, y quienes amamos al fútbol tanto como ellos, tenemos que ser conscientes de esto, y apoyarles en su tarea como lo hacemos con el resto de estamentos. Quizás de esa manera incluso podamos conseguir que salten al terreno de juego menos pendientes de equivocarse, y sus errores no sean tantos como nos parecen.

22 de noviembre de 2011

SÁLVESE QUIEN PUEDA


Sigue coleando el paraguazo al asistente Xavi Aguilar, en el Granada – Mallorca del pasado Domingo. En tres días hemos conocido tres versiones de los hechos diferentes, y aún no está claro si la agresión fue intencionada o no.

Las primeras impresiones, el mismo Domingo después de que Clos Gómez suspendiese el partido, apuntaban a una agresión de un aficionado sin identificar, que había lanzado desde la grada un paraguas contra el asistente, impactando en su cara y produciéndole una herida de escasa gravedad, pero suficiente para que los jugadores fuesen enviados a la caseta por el árbitro del partido. Al día siguiente, con el autor del lanzamiento del paraguas ya identificado, salió a la luz la segunda versión, que decía que un joven de quince años, marroquí, interno en un centro de protección de menores granadino, había sido el causante de todo el asunto, pero de manera totalmente involuntaria, ya que el paraguas salió despedido, desprendiéndose de una de sus partes, al hacer el chaval un gesto brusco para señalar al asistente, en lo que, según aseguraron, había sido una acción totalmente fortuita y accidental. Eso es lo que dijeron la Junta de Andalucía y el Granada C.F., supongo que en un intento de suavizar el encrespado ambiente, y evitar una sanción ejemplar contra el club andaluz.


Esta misma mañana, el Jefe de la Policía Nacional de Granada, Antonio Bellido, ha dado la tercera versión de los hechos, que contradice la que ayer argumentaron la Junta de Andalucía y el Granada. Según el Jefe de la Policía, el paraguas entregado a su departamento estaba cerrado y completo, sin signos de haberse fracturado por ningún sitio, y con todas sus piezas. Además, aporta otro dato, y es que parece ser que el joven que terminó por lanzar (accidentalmente o no) su paraguas contra el asistente, había lanzado al campo anteriormente varias piezas de fruta, se supone que estas sí, con intencionalidad.

Vivimos en el país del pillaje, y aquí todo vale cuando se trata de evitar que nos rasquen el bolsillo. Supongo (todo son suposiciones), que el Granada C.F. movilizó, desde el mismo momento de la suspensión del partido, a todo su aparato jurídico e institucional, tratando de evitar una sanción que puede ser bastante elevada. Vale incluso poner de tu parte a la Junta de Andalucía, para que avale la hipótesis del accidente y la casualidad. Esta, además es titular del centro de protección de menores en el que está interno el chaval, por lo que, directa o indirectamente, también es parte implicada.

Pero los hechos, hechos son, y parece demasiado accidental que un paraguas se rompa precisamente en el momento en el que alguien apunta con él sobre otra persona, con la brusquedad  suficiente para que aquel salga disparado e impacte casualmente en un asistente, que vienen a ser el blanco preferido de algunos aficionados. Accidente hubiese sido que ese paraguas hubiese impactado en un jugador del Granada, el equipo local. Pero el único que pasaba por allí, a diez metros de distancia, era Xavi Aguilar, el asistente, y sobre él cayó el paraguas.  

Es grave el hecho en sí, la acción del chaval. Intencionadamente o no, para futuras ocasiones será mejor que sujete el paraguas con la entrepierna, y señale a quien quiera con la mano, que seguramente no se desprenderá del resto de su cuerpo. Bastará con eso para que no vuelva a ser triste protagonista de una noticia que no beneficia a nadie.

Pero es quizás más grave aún la actitud del Granada y de la Junta de Andalucía, tratando de ocultar lo evidente para evitar una sanción demoledora. Es verdad que la actual normativa quizás debería modificarse en ciertos aspectos. Los clubes, hoy en día, creo que ponen todos los medios para evitar este tipo de situaciones, y ya no son, como lo eran hace unas décadas, cómplices de las fechorías de sus aficionados. En la Liga de Fútbol Profesional, además, los controles en esta materia son estrictos, y todos los clubes han de cumplir unos requisitos indispensables para garantizar la seguridad de todo el mundo en los estadios. Pero existe una normativa, que viene de los años en que los clubes alcahueteaban a sus hinchadas, que castiga al titular del estadio donde se produzca un incidente, sin caer en la cuenta de que, en la mayoría de las ocasiones, los clubes no pueden controlar una por una a las cuarenta mil personas que acceden a sus instalaciones. Es imposible, material y humanamente. Y, por supuesto, el club poca culpa tiene cuando un energúmeno, enfundado en sus colores, comete un acto de violencia, sin preguntar a nadie y actuando por su cuenta.

Esa normativa, que castiga al individuo, pero también al club que lleva su misma camiseta, provoca situaciones muy poco edificantes, como la que esta semana ha protagonizado el Granada, con las declaraciones de su entrenador primero (dijo que no era tan grave, y que el partido podría haberse reanudado con el cuarto árbitro sustituyendo al asistente), y de sus directivos después. La Junta de Andalucía, para remate, avaló al Granada en el sinsentido. 

Es tarea de todos, medios de comunicación, futbolistas, entrenadores, árbitros, directivos… etc, crear una cultura de anti violencia en los campos de fútbol, y protegerse mutuamente unos a otros de situaciones como la de Granada. No vale de nada el proclamado “Fair Play” cuando, después de que ocurre algo como lo del Domingo, cada uno trata de salvar su propio culo sin importarle demasiado en qué situación queda el resto.  Y me da igual que el club en cuestión se llame Granada C.F., que Real Madrid o F.C. Barcelona. Ha habido casos vergonzosos también en estos dos, en los que sus directivos han tratado (y conseguido) tapar la evidencia.

Mientras no nos concienciemos de que el fútbol es una fiesta, en la que todos podemos participar y divertirnos, ganemos o perdamos el partido, seguirá habiendo cafres que de vez en cuando la líen como la lió el otro día en Los Cármenes el chaval marroquí. Pero para que la gente tome conciencia de ello, es necesario que todos los estamentos del fútbol colaboren, no sólo con palabras, sino también con hechos. Creo que los directivos del Granada, y los políticos de la Junta de Andalucía, han perdido esta semana una excelente oportunidad de hacerlo.

15 de noviembre de 2011

BIRI BIRI, LA LEYENDA DEL GOL NORTE DE NERVIÓN


Biri Biri
Cuando Alheji Momodo Njie cogió el avión en el aeropuerto de Copenhague en 1973, con destino a España, venía convencido de firmar su contrato como futbolista profesional por el Real Betis Balompié, que llevaba meses siguiendo sus pasos en Dinamarca, donde el onubense Juan Ramón Rodríguez entrenaba al Randers Freja. Sin embargo, por causas que nunca han llegado a aclararse del todo, Biri Biri, que así es como terminó siendo conocido el futbolista gambiano, acabó en las oficinas del Ramón Sánchez Pizjuán, fichando por el Sevilla C.F. Se dice que Juan Ramón Rodríguez, sevillista declarado, hizo las gestiones personalmente, en pleno vuelo Copenhague – Madrid, con el directivo del club de Nervión Paco Ramos, y cuando el jugador llegó a España, acompañado por el propio Rodríguez y su entrenador en Dinamarca, Kurt Nielsen, le informaron del cambio de planes. Biri Biri no conocía España, y mucho menos Sevilla ni sus equipos. Él venía para jugar en un equipo de Segunda División, por lo que no debió de resultar demasiado difícil convencerle para cambiar de un lado al otro del Guadalquivir. Y en Segunda División terminó, aunque en el bando contrario. Lo que Biri Biri nunca llegaría a imaginar es que su carisma calaría tan hondo en la siempre agradecida afición sevillista, hasta el punto de que hoy, treinta y cinco años después de su marcha, una peña con su nombre anima cada día de partido en el gol norte del Sánchez Pizjuán, y canta a su ídolo “con el Biri, Biri, Biri…” 

Primera licencia de Biri Biri con el Sevilla
Alheji Momodo Njie nació en Banjul, Gambia, el 30 de Marzo de 1948. Su sueño siempre fue ser futbolista, y se inició en el Augustians, un modestísimo equipo del país africano, en 1965. Cinco años después, el Derby County inglés, entrenado entonces por el mítico Brian Clough, le dio la oportunidad de acceder al fútbol profesional de primer nivel, pero Biri Biri no cuajó, y tuvo que volverse a Banjul, donde se enroló en el Wallidan, de la Primera División. Después de dos temporadas, surgió la oportunidad de volar de nuevo a Europa, aunque en esta ocasión sería a Dinamarca, un país en el que, por aquella época, aún no estaba permitido el profesionalismo, motivo por el cual Biri Biri tuvo bastantes problemas para jugar en sus primeros meses en el Boldklubben 1901. Una vez solucionados los problemas burocráticos, durante la temporada 1972 – 1973 pudo explotar su verdadero potencial en la competición danesa, ayudó a su equipo a ganar la Copa de Dinamarca, y su nombre empezó a sonar en equipos de las principales ligas europeas. Uno de los que más interés puso fue el Betis, y el resto de la historia, hasta llegar al Sevilla, ya la conocemos.

En un Sevilla - Betis, saltando con el portero bético, Esnaola
Así que el gambiano llegó al Sánchez Pizjuán para intentar el ascenso a Primera en un club que llevaba dos años sumido en una grave crisis institucional y deportiva. La primera temporada, 1973-74, Biri completó un curso extraño, con demasiados altibajos, y situaciones extradeportivas que le granjearon no pocas críticas y recelos de los sectores más intransigentes de la afición. Por motivos familiares, tuvo que realizar numerosos viajes a su país, y entre vuelo y vuelo perdió muchas sesiones de entrenamiento, y unos cuantos partidos. Sin embargo, cuando Biri Biri se enfundaba la vestimenta blanca inmaculada del Sevilla, su piel negra como el carbón hacía un exótico contraste que pronto empezó a cautivar a la hinchada. Un tipo singular, negro como pocos negros se veían en aquella época por los campos de fútbol españoles, con una sonrisa dibujada en sus labios que siempre invitaba al optimismo, y unos movimientos ágiles y veloces, que hacían del gambiano un jugador atractivo a los ojos del aficionado sevillista. Dicen quienes le vieron jugar que Biri Biri no fue un excelente goleador, ni tenía una técnica exquisita, ni siquiera su potencial físico era tan impresionante como para no haberlo visto antes en otros jugadores, pero Alheji tenía algo que nadie que hubiese venido de un país que ni siquiera muchos sabían colocar en un mapamundi había mostrado en nuestro fútbol. Tenía carisma, mucho carisma, y quizás por eso fue por lo que desde el principio ocupó un lugar privilegiado en los corazones de los aficionados sevillistas. Una afición que siempre ha demostrado una especial predilección por los futbolistas llegados desde lejos, como Anton Polster, Davor Suker, Diego Armando Maradona, Pablo Simeone, Iván Zamorano, Dani Alves, Frederic Kanouté, Luis Fabiano…  Con el paso de los años, un escocés, Ted McMinn, recaló en el Sánchez Pizjuán, fichado por el técnico Jock Wallace. McMinn no pasará a la historia del Sevilla como uno de los mejores futbolistas que pisaron Nervión, ni siquiera de los menos mejores, pero sí lo hará como un tipo que supo ganarse a la afición a base de esfuerzo y entrega en las escasas ocasiones que tuvo de lucir la camiseta sevillista, y sobre todo con mucha simpatía, algo que caracteriza a todos los sevillanos. Fiel a su tradición de evitar los nombres impronunciables de sus ídolos extranjeros, los aficionados rebautizaron a McMinn como “Manolín”, y así se quedó para siempre. Algo parecido ocurriría años después con uno de los mejores porteros de la Historia, fichado a finales de 1988, el ruso Rinat Dassaev, al que la grada terminó por llamar “Rafaé”, ante las dificultades que el acento andaluz les planteaba para pronunciar correctamente el apellido del meta tártaro. Dassaev no sólo caló hondo entre la afición sevillista, sino que las malas lenguas aseguran que su célebre afición al vodka (desde sus tiempos del Spartak de Moscú) derivó en otra que terminó siendo no menos conocida, en este caso a la manzanilla andaluza. Rinat Dassaev conoció a una sevillana en su etapa en Nervión, con la que, después de retirarse, se fue a vivir a Moscú, dejando en la ciudad del Guadalquivir a su esposa con sus dos hijas.

Biri Biri en acción
Volviendo con Biri Biri, y aterrizando por enésima vez en el aeropuerto de San Pablo, procedente de Banjul vía Madrid, estamos en la temporada 1974-75, la que realmente consagraría al gambiano como uno de los mayores ídolos del sevillismo para siempre. Con hombres como “Super” Paco en la portería, Fleitas, Montero, Enrique Loira, Víctor Espárrago o Pablo Blanco, y el argentino Roque Olsen al mando de la plantilla, el Sevilla echó el resto en busca del ascenso a Primera, que se resistía desde hacía tres temporadas. Biri Biri completó el mejor de sus cursos deportivos en toda su carrera, contribuyendo con su juego y sus goles al ascenso del cuadro andaluz. En el Sevilla – Cádiz, disputado en el Sánchez Pizjuán el 13 de Octubre de 1974, nació oficialmente la “Peña Biri Biri”, un grupo de aficionados especialmente bullangueros, que se situaban (y siguen haciéndolo treinta y siete años después), en el gol norte del estadio sevillista. El bueno de Biri, siempre generoso y agradecido, dio a su equipo la victoria aquella tarde con un gol que valió dos puntos. Con los años, el nombre de la peña fue variando, y hoy es conocida como “Peña Biris”. La denominación ha cambiado, pero la esencia y la devoción hacia el hombre que inspiró su creación siguen intactas como el primer día.

Su velocidad desbordó muchas defensas
Aquella temporada el Sevilla certificó su ascenso a Primera División en el José Zorrilla de Valladolid. Biri Biri se convirtió en el héroe de la afición, que incluso, después del Sevilla – Rayo Vallecano, en el que Alheji marcó el que fue seguramente gol más bello de su carrera, en un control – vaselina sin dejar caer la pelota al suelo, fue llevado a hombros por la afición desde el estadio hasta su residencia, como si de un torero en tarde grande se tratara, abriendo la Puerta del Príncipe de la Real Maestranza de Caballería. Cumplió su sueño de jugar en Primera División con el Sevilla, la siguiente temporada, y tuvo que vérselas con los defensas de la época, como el madridista Goyo Benito, a quien Biri Biri, en uno de sus enfrentamientos, llegó a suplicarle: “Por favor, señor Benito, no me pegue más…” Al término de esa campaña, Biri Biri comenzó de nuevo a estar más pendiente de lo canutas que su familia lo estaba pasando en su país natal, y de nuevo el avión Sevilla – Madrid – Banjul fue su lugar habitual de residencia. La afición, con el recuerdo aún presente de las tardes de buen fútbol que su ídolo les había ofrecido en la temporada del ascenso, fue paciente y muy transigente con el jugador, siempre con la esperanza de que Biri Biri volviese a asentarse en su hogar hispalense, con los cinco sentidos puestos en su trabajo. Pero él, sabedor de que debía aprovechar su carisma, intentó persuadir a la directiva sevillista para intentar una mejora de su contrato. Lejos de acceder a las peticiones del futbolista, le exigieron centrarse en los entrenamientos y los partidos, antes de hablar de renovaciones al alza, lo cual provocó un resentimiento en Biri Biri, que al término de la temporada 1977-78 abandonó Sevilla, para volver a Dinamarca, al Herfolge Boldkluben. En 1981, después de una discreta experiencia en el país nórdico, volvería a Banjul, para quedarse definitivamente. Fichó por el Wallidan, el equipo de sus orígenes, en el que jugaría hasta 1987. Cuando Biri Biri regresó  a su país en 1981, lo hizo siendo toda una personalidad.  Quince años después de empezar a jugar al fútbol en las peladas llanuras africanas, había cumplido el mayor de sus sueños, ser futbolista profesional, siendo además el primer gambiano en conseguirlo. Sus aptitudes técnicas, físicas, y sobre todo personales, lo habían hecho posible, convirtiéndolo en un hombre carismático en cuantos lugares jugó. Ese carisma le haría, años después de su retirada, Ministro de Deportes de Gambia.

Firmando autógrafos en una Peña sevillista
En varias ocasiones, Biri Biri ha vuelto a Sevilla, al Sánchez Pizjuán, para ver jugar al equipo que puso su nombre en la Historia del fútbol, y que situó en el mapa un país que, antes de su fichaje, poca gente sabía exactamente que estaba en África. Hace unos años, intentó que su hijo siguiese sus pasos, trayéndole a prueba, pero el Sevilla finalmente no lo incorporó a sus categorías inferiores. Cuando viene a Nervión, a Biri Biri le gusta ir con su gente, con los hinchas del gol norte, entre los que se mezcla, baila y canta, como uno más. Muchos de los que allí cantan y bailan con él nunca le vieron jugar, la mayoría ni había nacido cuando llegó al aeropuerto de San Pablo aquella tarde de 1973, pero, a través de quienes trajeron la devoción desde aquella época hasta hoy, siguen sintiendo el mismo respeto y el mismo cariño por un hombre que en apenas tres años se metió a toda una ciudad en el bolsillo, y la llevó con él a todas partes para siempre.